Antonio Lafuente: “Un laboratorio es un lugar donde se construyen buenas preguntas”

El investigador del CSIC considera que el modelo actual de laboratorio es muy cerrado para la cultura experimental y reivindica espacios más abiertos.

El investigador del CSIC, Antonio Lafuente, considera que el modelo actual de laboratorio es demasiado cerrado para la cultura experimental y reivindica espacios más abiertos donde “el rigor no espante la vida”

La creatividad no es un absoluto. Ni siquiera un proceso. La creatividad es, según el investigador del CSIC Antonio Lafuente, “como una atmósfera donde hay sitio para lo abierto, para el fracaso, para lo inacabado, para lo distribuido, para lo distinto… Es un espacio donde se pueden movilizar las experiencias y las energías de todas muchas personas a la vez”. Y, además, es “algo que tiene más que ver con la capacidad de escuchar que la capacidad de decir”.

El investigador especializado en estudios de la ciencia ha escrito un artículo en el que cuestiona aquello que dijo el sociólogo francés Bruno Latour en 1983: ‘Dadme un laboratorio y moveré el mundo’. “¿De verdad vamos a meter todos los problemas del mundo en un laboratorio?”, se preguntó Lafuente. Para el investigador, “la cultura experimental no cabe en el laboratorio. Lo desborda” y por eso reivindica “espacios de sociabilidad menos severos, donde el rigor no espante la vida”. Y de todos ellos, el más antiguo es la cocina. Muchos estudios aseguran, incluso, que ahí está el origen de la ciencia moderna y la cultura experimental. El laboratorio es mucho más reciente. Apareció a mitad del siglo XIX.

¿Qué relación hay, entonces, entre el laboratorio y la cocina?

Toni Segarra, Jorge Martínez y Enrique Gracián han pedido a Lafuente que les hable del tema. La cita es en Medialab (Madrid) y el investigador, antes de nada, les advierte: “La palabra laboratorio no es una palabra inocente”.

“Es un término conflictivo para mí. Durante décadas, muchas personas nos dedicamos a pensar qué es eso del laboratorio y qué ocurre ahí”, explica. “Antes creíamos que las ideas nacían dentro de la cabeza y que tenían que ver con hallazgos racionales, pero cada vez hay más estudios que explican que el espacio donde ocurren las cosas es clave para los procesos que van a suceder ahí. Esto lo llevan diciendo las feministas más de tres décadas. Para saber lo que alguien quiere decir, la primera pregunta que hay que plantearse es desde dónde habla. No es lo mismo que algo se diga desde una posición social u otra, una situación racial o otra, un género u otro…”.

El laboratorio es un lugar especializado en la simplificación de los problemas. Para que un problema tenga validez en un laboratorio hay que someterlo a un número pequeño de variables medibles. Y no puedes medir lo que quieras. Solo puedes estudiar lo que puedes medir con las máquinas que tienes”, indica Lafuente. “Un laboratorio es un espacio donde se disciplinan las cosas. Puede parecer el mejor lugar para describir el mundo, pero también se puede decir que más que describir, se prescribe”.

Lafuente no pone en duda “el éxito de la ciencia”. “Nadie lo cuestiona”, apunta. “Pero es importante preguntarse qué ocurre en un laboratorio cuando algo es secuestrado y entra allí”.

Ferran Adrià ha convertido el gazpacho en H2O y yo quiero que me devuelvan el agua

El investigador recurre a un ejemplo: “La diferencia que hay entre agua y H2O”.

“Mucha gente cree que es lo mismo pero no tiene nada que ver una cosa con otra. H2O es un objeto científico que está diseñado para que circule por las redes de la ciencia. Ahí están los que saben, los que entienden. Y fuera de esa red estamos los demás, los que necesitamos ser tutelados, los que necesitamos ir a la escuela a aprender. Y como tú te atrevas a tomar la palabra delante de los expertos, te van a acabar diciendo que te calles porque no tienes ni idea. Lo tuyo es escuchar y lo suyo, hablar”.

“Hay un libro de Ivan Iliich titulado H2O y las aguas del olvido, que explica muy bien este conflicto. Ahí cuenta que la ciudad de Dallas era muy rica pero no tenía agua. Quiso tener un lago y convocó en un concurso internacional a arquitectos, filósofos, antropólogos… Illich, el filósofo que inventó la pedagogía del oprimido, se presentó para demostrar que era imposible construir un lago en Dallas porque el agua está ligada a una cultura, a unas creencias… Hablaba del Ganges y sus tradiciones, ese lugar en el que dicen: ‘Vamos a limpiarnos el cuerpo y vamos a limpiarnos el alma’. Pero en Dallas nunca podrían conseguir eso. Solo querían un lugar para hacerse fotos”, relata.

“El lago, al final, se construyó pero su libro ha tenido mucho más impacto que el resto de proyectos presentados. Esto es lo que hacen los científicos. Convierten las cosas en algo de un enorme valor para la ciencia y, al final, para la humanidad, pero a todo le quitan el encanto, le quitan el agua. Los románticos decían que desconfiaban de los botánicos porque eran capaces de herborizar la tumba de su madre”. Dice Lafuente que “los científicos, de alguna forma, están destejiendo la trama que nos mantiene a todos unidos. Y lo que vale para el agua vale para la cocina”.

“En los laboratorios urbanos como Medialab, El campo de la cebada o Bici Crítica justamente lo que hacen es lo contrario: intentar tratar los problemas de forma que no excluyan a nadie. Por eso me parece pertinente contraponer lo que pasa en la cocina y lo que pasa en el laboratorio”.

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Enrique Gracián. ¿Estás de acuerdo con la afirmación de que un laboratorio es un escenario para resolver problemas?

Antonio Lafuente. No. Creo que un laboratorio es un lugar donde se construyen buenas preguntas. Pero solo preguntas que pueden ser transformarlos en objetos científicos, en cosas que se pueden medir y pesar. La ciencia proporciona millones de cosas maravillosas, pero tiene una limitación. Todo ha de ser reducido a los parámetros que los científicos saben manejar. Por eso el laboratorio está construido para distinguir los hechos de las opiniones. Ellos dicen que todo lo que pasa en un laboratorio son hechos y son indiscutibles. Son los beatos del laboratorio. Y todo lo que ocurre fuera es terreno de la política, de lo opinable, de lo que va y viene… ¿Qué ha ocurrido en nuestro mundo? Que solo se puede hablar de lo que ha entrado en el laboratorio, y el laboratorio se ha convertido en un espacio donde todos los conflictos tienen que entrar.

Jorge Martínez. Bruno Latour defiende que un laboratorio no es solo lo que pasa entre esas cuatro paredes…

A.L. Yo soy casi un esclavo de Latour. Me lleva años separarme una línea de lo que piensa el sociólogo pero también tengo derecho a tener mis propias ideas. Puedo decir que no sabe nada de El campo de la cebada, del 15M o del movimiento okupa. Y puedo reprocharle que no le interesa nada Africa ni las enormes asimetrías de nuestro mundo… He estado mucho tiempo intentando averiguar por qué no le interesa.

J.M. ¿A esos movimientos como El campo de la cebada es a lo que llamas cocina?

A.L. Ahí, más que experimentar como se hace en un laboratorio, se experimenta como en una cocina.

J.M. elBulli sería entonces más un laboratorio que una cocina…

A.L. Ferran Adrià ha convertido el gazpacho en H2O y yo quiero que me devuelvan el agua. El agua es volver a experimentar lo comunitario, lo que nos une…

Toni Segarra. Ahí aparece el tema de la aristocratización. La comida es un símbolo de estatus desde hace mucho tiempo.

A.L. Esta ensalzación que hacen los medios, los confetis, las portadas… Todo esto lo hace más sospechoso aún. Las mamis cocinan para dar de comer a la gente que quieren y eso es lo más. Es un enorme privilegio y mi manera de entender la amistad y el amor.

Creo que este mundo se ha ido para siempre con esas reverencia hacia ese tipo de gastronomía.

T.S. Yo creo que la impostura de la que hablas es muy minoritaria. La cocina sigue siendo una cosa de las casas. Una de las cosas curiosas que hemos descubierto en esta investigación es que Ferran nunca tuvo un objetivo de negocio. Al contrario. Sin saber por qué, ha construido una marca universal por la que le pagan y de eso vive. Pero el restaurante nunca le dio dinero. Jamás se preocupó por ganar dinero. Yo llegué a pensar que elBulli atentaba contra esta idea aristocrática porque los ricos no podían ir allí a comer por el hecho de serlo.

A.L. Lo que me parece una impostura es toda esa idea de los grandes tenores de la cocina.

T.S. La cocina se ha convertido en un gran espectáculo, como el fútbol, por alguna razón que no me explico…

E.G. Volvamos al laboratorio. Vamos a acordar que existen dos tipos. El científico (llamémosle A) y el que se rige por otras pautas, el urbano, como lo has definido (llamémosle B). La diferencia entre los dos es una cuestión de método. El A aspira a que sus resultados sean objetivos, comprobables y, sobre todo, que funcionen. El B, el de la calle, tiene un componente emocional que no tiene el primero. Pero, al final, un resultado siempre exige algún tipo de certificación, de validez, de objetividad, de utilidad, y los laboratorios emocionales rehúyen de esa certificación. ¿Cómo la consigue un lab urbano?

A.L. Hay una corte de intelectuales que dicen que la razón produce monstruos, como predijo Goya, y que las grandes maldades pueden estar perfectamente planificadas. Los primeros que se interesaron por las dietas, las grasas, el deporte… fueron los creadores de la Alemania nazi. A la vez que destruían el mundo, estaban preocupadísimos por la cantidad de azúcar que tomaban. Lo que quiero decir es que se puede ser la persona más malvada del mundo y a la vez la más racional y experimental.

El laboratorio es un lugar donde se buscan soluciones

El laboratorio es un lugar donde se buscan soluciones. Hay un autor que ha acuñado el concepto de ‘trabajadores de la prueba’. Más del 90% de los profesionales que hay ahora en los laboratorios son trabajadores de la prueba, y jamás van a descubrir nada o van a ser citados por nadie. Hay un ejército de personas que están haciendo un trabajo invisible. Son los que sostienen el laboratorio y los que depuran las preguntas para que cada vez sean más precisas. Preguntas que midan variables controlables por mis máquinas. Pero eso significa reducir los problemas, y por eso dicen que los científicos son reduccionistas. Pues claro. Les admiramos por ser reduccionistas y lamentamos que sean reduccionistas. Las dos cosas.

Te pongo un ejemplo. Cada vez que yo establezco un estándar genero una minoría. ¿Habrá algo más bonito que la conectividad total e internet gratis para todos? Pero los electrosensibles levantarán la mano y dirán: ‘Yo tengo un cuerpo distinto al tuyo y como sigáis por esa línea me matáis’. ¿Qué hacemos entonces? Hasta ahora decíamos que era un daño colateral. Pues nada, te había tocado en el lado feo de la película y no había nada más que hacer. Pero hoy estos colectivos se movilizan. Ya no es tan sencillo ignorarlos, y a ellos les debemos en gran medida la maduración del espacio público.

El otro día leía que uno de cada cinco americanos padece una adicción severa; uno de cada tres tiene o va a tener una enfermedad crónica; y uno de cada cinco tiene un trastorno severo de conducta (autismo, depresión…). Esas cifras demuestran que el estado normal del mundo en el que vivimos es la anormalidad. Lo que antes era nuestra noción de sano, de bueno, se está transformando a una velocidad increíble. El asunto es que ya no resulta tan fácil crear leyes para una inmensa mayoría, porque cada vez que creas una, aparece una minoría. La ciencia está construida sobre una hipótesis que se ha demostrado insuficiente: que todos los cuerpos son iguales.

¿Qué hacemos ahora? Empiezo con un ejemplo: Alcohólicos anónimos. Hace unos años se juntan y deciden que la curación no es de la incumbencia de los médicos. Es cosa suya. Escuchan a los demás y los demás les escuchan. Y ocurre el milagro inesperado. Se sienten comprendidos y comprenden a los demás. Descubren que la solución para su problema no es individual. Es colectiva. Seguramente no tenga curación pero estos encuentros pueden mejorar su calidad de vida. Y si antes decíamos que algo era verdadero porque se basaba en hechos contrastados en un laboratorio, ahora podríamos vislumbrar un nuevo paradigma en el que las cosas son verdaderas porque producen mejoras en la calidad de vida. Una mejora que también es demostrable.

¿Quiere eso decir que podemos prescindir de los científicos? En absoluto. Lo que quiere decir es que los científicos pueden dejar de ser tan arrogantes. Deben empezar a escuchar un poco más y deben empezar a meter en su probeta todo eso que es experiencial, que tiene que ver con lo que yo sé que me pasa y lo que le pasa a él. La objetividad es un valor civilizatorio imprescindible pero no nos va a ayudar a resolver todos los problemas que tenemos.

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Es más, para Antonio Lafuente, la civilización también crea problemas que antes no existían. El investigador del CSIC lo explica con una reflexión que leyó hace tiempo.

“Una chica escribió esta pregunta: ¿Qué le importa a los jilgueros la ornitología? La primera respuesta sería: ‘Nada. Los jilgueros están a lo suyo. Qué más les da que en Harvard haya unos listos pensando en ellos’. Pero la autora dice a continuación: ‘Se equivocan los jilgueros. Alguien debería enseñarles que en el momento que haya ornitólogos van a surgir políticas para pájaros. Van a decidir si son muchos o pocos, si necesitan unas cosas u otras… Los jilgueros deberían estar preocupadísimos porque los ornitólogos los tengan en cuenta’. Puede ocurrir lo mejor o lo peor a partir de ese día. Los jilgueros necesitarán pájaros filósofos para pensar en sus conflictos”.

E.G. Estoy reflexionando sobre la música. Hay música popular que compartimos todos pero de pronto llega un tipo, llamado Bach, que se desmarca de una manera brutal. Es un creador y en ese momento no sabe las implicaciones sociales que tendrá su obra después. Igual ocurre con Ferran.

A.L. Tú has hablado de Bach y yo voy a hablar de un científico cualquiera. Este científico hace una investigación, la firma con su nombre, y resulta que así se apropia del trabajo de todos en el laboratorio y de una larga historia que hay detrás. El científico puede pedir reconocimiento (cosa que entiendo) o puede pedir la propiedad de ese conocimiento.

Desde 1980 las cosas se han desmadrado. Desde entonces se permite patentar y reclamar derechos de propiedad sobre cualquier cosa. Entonces puede ocurrir que uno se quede con el trabajo de todos y en vez de moverlo por las redes de la ciencia y el conocimiento, lo mueva por las redes del mercado y el consumo. Y de ahí las ideas pasan a cotizar en Nasdaq. Tenemos que dar por hecho que hoy un creador es un propietario. Y la culpa no la tiene él. La tienen las industrias culturales y del ocio.

Yo admiro la creatividad. Es algo que necesitamos. Pero creo que hay un componente colectivo muy importante y por eso es inmoral que el autor quiera ser propietario. Es un mal de nuestra época.

Yo admiro la creatividad. Es algo que necesitamos.

E.G. Pero el reconocimiento está justificado por un motivo. Una persona que hace algo muy distinto a lo que había hasta entonces siente mucha inseguridad. Necesita cierto reconocimiento para aliviar ese miedo.

A.L. La premio nobel de economía Elinor Ostrom dedicó toda su vida a estudiar los bienes comunes y enumeró una serie de reglas para preservarlos. Una de ellas es dar reconocimiento al que contribuye. Esta paella es de todos pero el que la ha cocinado debe recibir en algún momento un reconocimiento. Es un garante de la pervivencia de los bienes comunes. En las comunidades hacker esto es aún más milagroso. Tú obtienes reconocimiento cuando publicas algo y publicar significa regalar a la comunidad. Solo hay una manera de obtener reconocimiento en la comunidad: donarte. Como hacen las mamás con sus bebés y sus ancianos. En el momento de donarte te conviertes en autor.

T.S. Ferran, en su obsesión por no repetir lo que hacía, decidió regalar cada año las recetas que había inventado esa temporada.

A.L. Eso es lo que han hecho los científicos toda la vida hasta que decidieron convertirse en propietarios. Antes, la única manera de obtener reconocimiento era publicar lo que sabías. Y cuanto más te copiaban, más reconocimiento tenías. Eso te impedía volver a publicar lo mismo al día siguiente. Por eso siempre hemos sentido esa veneración por la ciencia. Hasta que la hemos convertido en una comunidad de propietarios que quieren vivir como futbolistas, o sea, ganar mucho dinero por hacer poco.