Jaque: “Innovar es directamente proporcional al riesgo que asumes”

La arquitectura era la ciencia de la construcción hasta que apareció Andrés Jaque. Ese orden del mundo tembló cuando dijo que el urbanismo tiene mucho más que ver con la forma en la que una familia se sienta a la mesa que con un palacio de congresos.

La arquitectura, para el recién galardonado con un León de Plata en la Bienal de Venecia, está impregnada de política. Pero no de la que se hace en el Parlamento, sino de la que hablaba Carl Schmitt. “Es una definición bastante antigua pero aún tiene una enorme vigencia”, explica. “Este sociólogo planteaba que hay que gestionar la diferencia sabiendo que los conflictos no desaparecen. La única solución es tratarlos para evitar situaciones de exclusión o violencia”.

La concepción de Jaque de la política se construye sobre esa “certidumbre de que hay intereses que no se pueden conciliar” y “la interpretación de Walter Lippmann. Este pensador decía que es la masa de voluntades que están ocultas. Todas esas sensibilidades que no llegan a instalarse en el mundo de las cosas que importan o en la toma de decisiones colectiva a no ser que se creen procesos que les den voz. Ese proceso para que se oigan esas opiniones también es política”.

Y desde esa concepción, en el año 2000, montó su estudio de arquitectura. Pero como su interés nunca ha sido la construcción, sino las personas y los espacios y las redes y el activismo, lo llamó Oficina de Innovación Política. Ese es el epicentro donde se encuentran arquitectos, sociólogos, cineastas, periodistas, diseñadores… para mirar el espacio de un modo diferente. Desde ahí estudian casas-patera, comunidades Hare Krishna, conventos de clausura, funerarias de Nueva York o casas de estudiantes.

Andrés Jaque está en Madrid. En su estudio. Ese lugar entre otros desde el que trabaja en remoto con una red distribuida de colaboradores. Jorge Martínez y Enrique Gracián han ido a visitarlo. Quieren saber cómo trabaja y qué piensa de la creatividad. La primera pregunta apunta directamente al corazón.

J.M. Dices que una comida con amigos o un mercadillo es también arquitectura. ¿Por qué?

A.J. La arquitectura es, sobre todo, situaciones. Situaciones que se construyen a partir de tecnologías. Esto tiene algo de novedoso y algo que ha sido siempre de este modo. Mirando así puedes innovar muchísimo porque te sientes libre de ataduras que la arquitectura ha tenido hasta ahora. Por ejemplo, que cualquier cosa se resuelve mediante la edificación, que lo más relevante son los muros o que lo permanente es lo importante.

J.M. ¿Cuánto hay de creación artística en tu trabajo?

A.J. Depende de qué entiendas por creación artística. A mí me gusta el arte contemporáneo en la medida en que se atreve a llevar muy lejos cuestiones políticas, estéticas, de género, de exclusión… También en la experimentación y en la radicalidad.

En estos momentos estamos en una transformación total de nuestro medio. Lo que me gusta de las experiencias artísticas es que asumen mucho riesgo y puedan estrellarse.

J.M. ¿Cuánto hay de investigación?

A.J. Muchísimo. Nosotros dedicamos más del 60% de nuestro tiempo a investigar. Tomamos pequeños fragmentos de la realidad y los estudiamos muy en detalle. Por ejemplo, estudiamos cómo se pone de acuerdo un grupo de personas para sentarse a la mesa o cómo se decide la forma en la que se llena un vaso de agua. Al analizar eso minuciosamente te das cuenta de que tiene toda la complejidad de una ciudad. Lo bueno de esto es que cambiando cómo se llena un vaso de agua puedes modificar cómo se comporta una ciudad.

Tomamos pequeños fragmentos de la realidad y los estudiamos muy en detalle

J.M. Has impartido clase en varias universidades de Madrid, Alicante, Columbia, Princeton… Está bastante claro que te interesa el mundo académico, y entiendo que no son solo espacios docentes, sino de investigación. ¿Cómo los utilizas y cómo llevas después todo lo aprendido a tu contexto de producción?

A.J. Hubo un momento en el que parecía que toda la innovación estaba en las empresas. En arquitectura era así. Parecía que todo lo nuevo se hacía en oficinas. Pero, en realidad, ahora, todo es mucho más complejo. Hoy hace falta manejar muchísima información y la capacidad de desarrollar software. Es muy difícil que hoy se pueda innovar desde una oficina solamente. La forma de trabajar más efectiva en la actualidad es en red. Juntar en un solo proyecto asociaciones, instituciones… Agentes de trabajo muy distintos. Y en la diferencia de las personas que se juntan surge la oportunidad de innovar. A mí lo que me interesa ahora es mantener mi oficina como algo muy arriesgado, un lugar donde se puedan discutir cosas que fuera podrían sonar ridículas, y unirlo a las investigaciones que hacemos en la universidad. En esta colaboración está nuestro potencial.

De estas universidades también se pueden conseguir muchas cosas. Por ejemplo, durabilidad en las investigaciones, la colaboración de grandes expertos, trabajar con metodologías que garantizan resultados… Todo eso que hace que los experimentos radicales tengan más impacto social.

Y, además, podemos colaborar con gente que nos ayuda a sacar adelante nuestros proyectos. Por ejemplo, ahora mismo formamos parte de un proyecto de investigación de sociología ordinaria. Es fantástico colaborar con estos sociólogos porque pueden aportarnos referencias o hablarnos de situaciones novedosas que no hemos conocido todavía. Para mí, la innovación en estos momentos se da en la asociación. No solo con gente muy parecida a ti, sino con grupos, asociaciones o individuos que son muy diferentes. En esas diferencias surgen chispas.

Jorge Martínez, Enrique Gracián y Andrés Jaque

J.M. ¿Qué es la Oficina de Innovación Política?

A.J. Empecemos por lo que no es. Nació porque queríamos reformular al cien por cien la manera de trabajar en arquitectura. Y queríamos hacerlo en muchos sentidos. En las temáticas, por ejemplo. Parecía que la arquitectura tenía que ser muy complaciente con la sociedad y simplemente atender a los encargos de clientes que ya existían. Pero a nosotros no nos interesaba eso. Pensábamos que podíamos inventarnos los clientes y detectar situaciones que requerían intervención. Por eso lo llamamos política.

Entendíamos que nuestro trabajo era poner en contacto actores que estaban en conflicto y mediar entre ellos para crear situaciones que sin nuestra intervención no hubieran sido posibles. Un ejemplo es Ikea Disobedients. Fue un proyecto que nos inventamos nosotros para empoderar a la gente en contra de la idea de la república independiente de su casa. Vimos que en los hogares se producen situaciones de participación y que hay una intención de mejorar la sociedad.

Decidimos convertirlo en una performance o situación arquitectónica y tuvo un gran impacto. Ikea cambió sus campañas de publicidad y empezó a decir que la revolución empieza en tu casa. Incluso nos llamó después para trabajar con ellos. El proyecto está hoy en la colección del MOMA y ahora mismo se está exponiendo en cuatro ciudades a la vez. Es un tipo de proyecto que solo se puedes llevar a cabo si creas otro tipo de oficina.

J.M. Dices que no hace falta recibir un encargo para realizar un proyecto. Pero ¿cómo haces para que no quede en una mera exposición y se pueda llevar a la realidad?

A.J. El ámbito de lo expositivo es muy potente. No deberíamos despreciarlo. No pensemos que lo real es lo que ocurre en la calle. Nosotros somos seres que vivimos en los museos, en las revistas, en la televisión… Nuestra vida desarrollada en los medios es tan real como la que hacemos en el supermercado. Los supermercados se construyen en función de lo que pasa en las revistas o en las redes sociales o el rastreo de las búsquedas en internet.

Hay que ajustar la idea de realidad

El espacio real no es solo el espacio offline. En urbanismo, ahora mismo, construimos mucho más en esos espacios que en los lugares de la vida ordinaria. Esto no es nada fácil. Requiere la coordinación de muchos conocimientos y muchas tecnologías. Uno de los retos más desafiantes del urbanismo contemporáneo es conseguir articular los mundos on y off de una manera potente y que genere ciudadanías políticamente activas. Que lo que hacemos en el smartphone esté conectado con el mundo offline. Y casi nadie está trabajando aún en esto.

Hay una lectura que, para mí, está completamente desajustada ya. Es la que dice que la acción ciudadana está ocurriendo únicamente en las plazas y las calles. Lo vemos con el recuento que se ha hecho del 15-M, Occupy Wall Street… Tiende a pensarse que todo ocurrió en la Puerta del Sol o en los espacios que se ocuparon en Nueva York o en las plazas que se ocuparon en el norte de África… Nosotros estudiamos en detalle el espacio en el que se había producido un efecto político y descubrimos que la gran transformación que produjo el 15-M no ocurrió solo en Sol. Sucedió en la facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Complutense, en la activación de casas ocupadas como la Escalera Caracola, en la colaboración de grupos como Erre que erre o en la creación del grupo Transmaricabollo en la plaza…

Cuando nosotros cartografiamos todo eso vimos que era un urbanismo mucho más complejo que la plaza. Estaban las redes sociales, muchas webs… Ese es el urbanismo contemporáneo. ¿Podemos diseñarlo? Yo creo que sí. Podemos empoderarlo, colaborar e intervenir… Algo que hasta ahora ha sucedido de forma espontánea puede convertirse en el nuevo espacio del siglo XXI. Ese es el reto.

J.M. ¿Cómo es la convivencia entre Andrés Jaque Arquitectos y la Oficina de Innovación Política?

A.J. Ha sido una relación muy cambiante. Cuando abrimos el estudio de arquitectura, en torno a 2000, al contexto le resultaba difícil asimilar la Oficina de Innovación Política. Nosotros sabíamos que era la manera de hacerlo pero algunos encargos se convertían en algo problemático si lo firmábamos con ese nombre. El término ‘política’ generaba mucha desconfianza. Entonces decidimos que debíamos tener dos oficinas. Una, la de verdad, la de innovación política y la que organizaba nuestro trabajo de puertas adentro, y otra que fuera una especie de máscara. Sería una interfaz que nos presentara de forma acorde a lo que la gente esperaba de una oficina de arquitectura. A esa le dimos el típico nombre de Andrés Jaque Arquitectos. Era un enmascaramiento y funcionó muy bien.

Pero lo que ocurrió es que toda esa resistencia inicial se convirtió en aprecio. Cada vez había más interés por la oficina de innovación política, sobre todo, en un contexto internacional. Empezaron a pedirnos que no apareciera el nombre de Andrés Jaque Arquitectos. Entonces vimos que había un espacio para lo que estábamos haciendo. Ahora tenemos una sede fija en Madrid, con personal contratado, horarios… y funciona como una oficina habitual.

Pero yo me paso el 80% del tiempo fuera de Madrid y eso no es ningún problema. Ahora estamos desarrollando proyectos en Abu Dhabi o Hong Kong. Estamos trabajando con personas en Israel o Suecia. Y nada de esto es un inconveniente. Hemos construido protocolos que nos permiten conectarnos en la distancia y relacionarnos con otras personas que no forman parte del proyecto. Hace tiempo hicimos una cartografía de todos los agentes que participan en nuestro entorno de trabajo. Era gigantesca. En unos proyectos se activaba toda la red y en otros solo una parte.

Esta forma de trabajar en red, que se activa, se desactiva, aparece, desaparece, se concentra, se desconcentra… genera una oficina simétrica a la complejidad que hay ahí fuera y los mundos a los que nos queremos conectar. Es una tarea que hay que realizar todos los días si quieres innovar y ser relevante.

Andrés Jaque

J.M. Trabajas con sociólogos, antropólogos, cineastas… ¿Qué papel desempeñan y cómo los integras en tu proceso de trabajo?

A.J. Lo primero que hacemos juntos es experimentar. No hay resultados prefijados, pero siempre nos aseguramos de que las inversiones tengan un retorno. También sabemos que la capacidad de innovar es directamente proporcional al riesgo que asumes. Eso supone ya una forma muy diferente de organizar una actividad profesional. Al trabajar con otros perfiles nos obligamos a hacer públicos detalles que, si no, quedarían encriptados. Nosotros hemos establecido que todas las personas del estudio tienen que estar preparadas para hacer una presentación de lo que están haciendo. Así podemos debatir con otras personas. También hacemos maquetas grandes porque las maquetas son espacios de discusión. No es un espacio de comprobación ni de seducción. Son laboratorios donde nos metemos a jugar como si estuviéramos con clicks de Famobil.

J.M. En algunos de tus escritos haces alusión a Bruno Latour. Nos interesa mucho la idea de este sociólogo del laboratorio como contexto político, económico y social. ¿Qué relación tienen estas teorías con tu trabajo?

A.J. Latour y su entorno son importantísimos para nosotros por tres motivos. La primera, por su idea de que las cosas no están determinadas por el contexto, sino que van ocurriendo en función de cómo se conectan unos con otros. Ahí la tecnología, los objetos y las ideas tienen el mismo estatus que las personas. Esta es la clave para entender la tecnología ahora mismo.

La segunda gran aportación de Latour es entender que los procesos de innovación son, en realidad, la sociedad en sí misma. No hay una sociedad que no esté revisándose, discutiéndose y reformulándose constantemente… No hay una división entre la sociedad, por un lado, y los expertos, por otro, deciendo qué hay que hacer. La sociedad en su conjunto está continuamente pensando, discutiendo, transformándose… El trabajo del arquitecto, con este planteamiento, cambia radicalmente. Él no tiene que decidir cómo hacer una casa. Tiene que estar muy atento a los cambios que ya están ocurriendo y formar parte de ellos.

Y lo tercero es la visión de lo político. Tendemos a pensar que la política ocurre en los parlamentos y cuando votamos. Pero, en realidad, la política está imbricada en todo lo que hacemos. La diferencia requiere una gestión política. La diferencia supone conflictos irresolubles, que no se van a eliminar y que no van a llevar a un consenso, como comentaba Habermas [el sociólogo alemán Jürgen Habermas]. Tenemos que convivir con la controversia. Esto para mí hace que lo que se denominaba como ‘lo urbano’ (la escala grande de la ciudad) esté en cualquier mesa, y las categorías que estaban relacionadas con escalas, con lo territorial, lo arquitectónico o el diseño industrial, en realidad, no funciona. En la búsqueda de cómo se relacionan entre ellas es donde existen ahora mismo posibilidades de evolucionar.

J.M. Toni Segarra me ha planteado una cuestión para ti. Dice que ha leído que a menudo hablas de situaciones que, para tus colegas, no son arquitectura. Ferran Adrià, en cierto modo, hizo lo mismo. Fue contra su restaurante. ¿Es inevitable ir contra la disciplina para la que trabajas cuando quieres innovar?

A.J. Las disciplinas son mucho más amplias de lo que dicen sus defensores. La arquitectura, si la miras con un poco de atención, es enormemente diversa. La única forma de ser serios en una disciplina como esta es mirando mucho más allá. La arquitectura española ha estado durante mucho tiempo completamente constreñida a un modelo muy pequeñito de edificación, por medio de concurso público, para hacer edificios singulares, de alto presupuesto, inspirados en la arquitectura moderna escandinava… Eso ha sido la arquitectura española de referencia, aunque, obviamente, eso es una reducción de la reducción de la reducción de la reducción (ríe).

Una cosa fundamental es relajarse un poco y mirar el mundo con más curiosidad. Lo que está ocurriendo en el urbanismo es brutal. Está en un momento repleto de oportunidades y conflictos. Pero ¿podemos pensar ahora mismo en trabajar desde una disciplina solamente? No hay nada, absolutamente nada, que se pueda describir desde una única perspectiva. Si pensamos en los problemas medioambientales, en los problemas de la democracia, en la Unión Europea, en las posibilidades que están ofreciendo las redes sociales, en la evolución de los escenarios de internet… Nada de eso se puede mirar desde un único ángulo. Tenemos que acostumbrarnos a que es indispensable colaborar y discutir en mesas mucho más grandes. Las cosas más interesantes ocurren en lo multidisciplinar y todo lo que ponga en común conocimientos diferentes. Y, además, es mucho más divertido, más tranquilizador y más enriquecedor que confirmar tus conocimientos y quejarte con tus colegas de lo equivocado que está el mundo.

J.M. Otra pregunta de Toni. La arquitectura comparte con la cocina la complejidad de un equipo especializado y la necesidad de unas herramientas frente a la soledad del artista. ¿Qué diferencia hay entre el método creativo del artista y el equipo?

A.J. Muchos artistas no crean en soledad. Trabajan con grandes redes de personas. A mí me interesa ese tipo de trabajo de artista. Siempre me ha fascinado las posibilidades de la ciencia y la técnica pero también desatender mucho los límites que conllevan. Eso va muy bien con la arquitectura porque es una mezcla de aplicar y desafiar. Me parece bonito que haya un amor por la ciencia y la tecnología, y a la vez un deseo de desafiarles.

Muchos artistas no crean en soledad

J.M. ¿Es necesario separar la investigación de la ejecución?

A.J. Una parte de un proceso serio es garantizar respuestas y eso no sale solo. Hay que organizarse para conseguirlo. Trabajamos siempre con esto en mente y nos esforzamos por localizar el riesgo.

J.M. ¿Tiene que haber una separación también en los espacios de ejecución e investigación?

A.J. Depende del caso. Nosotros hemos estudiado mucho qué es hoy el espacio. Tendemos a pensar que es un espacio como el del siglo XV. O incluso anterior. Porque en el siglo XV ya había tecnologías que conectaban una habitación con otra en la distancia. Incluso hay juegos temporales. Un libro es una cápsula que rescata tiempos pasados y una receta es algo que encapsula un tejido social. Esto debería ser el punto de partida para pensar las instituciones. Puede sonar un poco filosófico pero en la práctica no lo es. Yo me despierto a las 5.00 de la mañana en Nueva York y tengo algunos mensajes de otras partes del mundo. Los contesto desde la cama. Mezclo mensajes de trabajo con mensajes personales. Hace poco teníamos un proyecto en Japón. Teníamos horarios casi incompatibles y eso imponía un espacio y un tiempo bonitos para explorar. Nos obligaba a mezclar asuntos privados con asuntos de trabajo. No solo hay que gestionar esos espacios para que no supongan un problema. Además, son un caldo de cultivo para encontrar nuevas posibilidades. Y creo que una gran parte de lo mejor que está ocurriendo ahora parte de pensar en nuevos formatos. De hecho, es algo que estamos viviendo todos, con total naturalidad y casi sin pensar en ello.

J.M. ¿Hay política en la cocina?

A.J. Totalmente. Hay política en todo y, quizá, haya más política en la cocina que en el parlamento. En la cocina hay política porque hay tecnologías de rangos muy diferentes que se ponen en contacto. Esto genera polémicas. Hay conflictos, por ejemplo, entre el fast food y el fun to table. Son ideologías completamente diferentes. Pero no solo son ideas. Son sociedades enteras que están disputando y que nosotros ponemos en contacto en una misma cena. Esto requiere una enorme articulación política. He estado dando clases en Tel Avid y ahí estuvimos trabajando sobre cómo los conflictos entre Israel y Palestina se llevan a la vida cotidiana. Una de las grandes arenas donde mejor se articula es la cocina. Lo curioso es que la comida puede conseguir negociaciones, pactos y asociaciones que son imposibles en lo territorial. Esto muestra que las políticas de éxito no se dan en los espacios oficiales, sino en los cuartos de estar, las mesas para comer, las camas, los cuartos de baño, las discotecas, los mercados, las autopistas… En sitios que tendemos a considerar irrelevantes para la política.

Creo que ahora mismo nos interesamos más por la política los diseñadores, los chefs o los arquitectos que los políticos. Porque muchas veces ellos se dedican menos a la política de lo que nosotros pensamos (ríe).

J.M. ¿Es Ferran un chef o un investigador?

A.J. Solo se puede ser relevante si te enfrentas a lo que se desconoce. Muchas veces pienso que la única forma de estar en el mundo es exponerte con un grupo frente a lo desconocido. Y solo puedes hacer un trabajo creativo interesante si trabajas sobre lo que lo no se conoce. En la ruptura de lo que se da por sabido surgen voces distintas. Si yo trabajo en algo que sé, no tendría que colaborar con nadie, pero si intento hacer algo que no conozco, tendría que preguntar a mucha gente. Eso abre la puerta a que otros participen y eso, para mí, es la manera de trabajar. Es más incómodo, supone más esfuerzo y asumir más riesgo, pero es la única manera de formar parte del mundo.

Enrique Gracián. Das una gran importancia a las redes. Dicen que las redes de conocimiento (no me refiero a redes sociales, sino a redes donde se genera y se gestiona el conocimiento) están empañadas. Hace falta que alguien ponga orden. ¿Tú, con tu trabajo, estás investigando en las redes de conocimiento?

A.J. Sí, mucho. Parte de nuestro trabajo es buscar estas redes, analizarlas e intervenir en ellas. Hemos encontrado cosas fascinantes. La red de funerarias de Nueva York, por ejemplo, es increíble.

Los barrios de Manhattan y Brooklyn están siendo completamente gentrificados. Toda la población que vivía allí está siendo sustituida por personas con más dinero. Muy pocas cosas están resistiendo a ese proceso. Una de ellas es la red de funerarias. Están aguantando por dos razones. En los años 30 y 40 había muchas muertes en esa zona. Estaban construyendo muchos edificios y fallecían muchos obreros. En ese momento se concedieron muchas licencias para abrir funerarias. Cada barrio tenía 4 o 5. Pero los barrios que crecieron alrededor eran mucho más lujosos y las sociedades que surgieron allí no querían como vecinos una casa de muertos y un lugar donde se extrajesen fluidos corporales para tirarlos a la alcantarilla.

Por eso todos los días muchas personas de toda la ciudad tienen que ir hasta esas funerarias para contratar sus servicios. Lo interesante es que esos negocios, para poder atender a tantos clientes, han desarrollado estrategias muy complejas con el fin de que un mismo local pueda atender al público latino, afroamericano, judío, musulmán…

Estas construcciones son muy precarias. Están formadas por unas tres personas, un pequeño local, dos furgonetas… Pero han conseguido organizarse y resistir. Han sido muy poderosas por su capacidad de asociación con tejidos sociales muy diferentes y porque han sabido conectarse entre sí. Una funeraria ayuda a otra y otra a otra y otra a otra, y al final crean una masa de solidaridad.

Y han sido eficaces, sobre todo, porque han sabido administrar un conocimiento muy diverso. Algo tan básico como un amplio conocimiento de lenguas o un know-how para que una misma habitación pueda servir para una funeraria musulmana o judía.

Es un modelo de conocimiento que me encantaría poder llevar a la arquitectura. El urbanismo contemporáneo debería aprender más de esto que de la idea de los espacios vacíos o las retículas o las zonificaciones o, en general, de todas esas herramientas del urbanismo de los últimos 40 años.