Sagmeister: “La variedad te hace más feliz”

Stefan Sagmeister tomó una decisión. Fue difícil, parecía arriesgada, pero al final se trató, simplemente, de una buena decisión. Dejó un trabajo prometedor, cerró un aclamado estudio de diseño y, durante un año, desapareció de una vida en la que solo había cosechado éxitos.

“Tomar periodos sabáticos ha sido la mejor idea de negocio y quizá también la mejor idea creativa que jamás he tenido. Aunque, por supuesto, no es nada que haya inventado yo. Al principio pensé que era una idea mía, porque lo sentía así, pero luego me di cuenta de que era algo muy extendido. Yo decidí cerrar mi agencia un año cada siete pero el sabbat es exactamente lo mismo: Descansar un día de cada siete. Fuera como fuera resultaba algo que me ayudaba muchísimo”.

Esa intuición de Sagmeister debía ser una especie de legado ancestral. Efectivamente, el austriaco no inventó el año sabático. Ese periodo de descanso se remonta al tiempo en que los hebreos entraron en la Tierra Prometida. En el Código del Deuteronomio (un libro del Antiguo Testamento) hablan de esta costumbre de dejar descansar la tierra periódicamente para que se fortalezca y pueda producir nuevas cosechas.

Pero dicen los estudiosos de las escrituras que el año sabático no tenía solo un fin agrícola. También buscaba un efecto en el judío que cultivaba esa tierra. Tendría que abandonar su vida establecida y la riqueza que su tierra le proporcionaba para volver a ser nómada y buscar el alimento allá donde pudiera encontrarlo. Era una forma de desprenderse de los bienes materiales y el sedentarismo acomodaticio.

El diseñador austriaco está sentado en el salón de un hotel de Pamplona que mantiene la belleza de una época lejana. Acaba de llegar de EEUU y su primera conversación es con Toni Segarra y Jorge Martínez. Los dos publicitarios españoles han fundado una agencia efímera que indagará durante unos meses sobre la creatividad, The Table. Y Sagmeister puede dar pistas. Alrededor hay cámaras y micrófonos. Están grabando.

El diseñador empieza a contar que “la primera vez no fue fácil”. Tuvo que sacar el valor de sus “tripas”. Tenía miedo a que el mundo donde siempre había vivido se olvidara de él. Temía que sus posibles clientes no perdonaran la osadía de salir de la rueda de un mercado ferozmente competitivo.

“Tengo un estudio de diseño en Nueva York. Pensaba que, durante el tiempo que estuviera fuera, mis clientes trabajarían con otras compañías y, a mi vuelta, quizá ya no quisieran volver con nosotros. Puede que incluso ya nadie nos recordara. También pensé que podrían creer que era una decisión poco profesional”.

Empezaba el siglo XXI. Internet inflaba una burbuja llena de empresas inventando el nuevo mundo y convirtiendo a jóvenes recién llegados al mercado laboral en hombres ricos y poderosos. Sagmeister sintió vértigo al saltar de esa cima al vacío. Era 2001 y temía perder una excelente oportunidad de hacer algo importante. O quizá lo estaba haciendo con esa decisión.

Superé esos miedos y, al volver, no solo no nos habían olvidado

“Teníamos más presión que antes y ganamos presencia en los medios de comunicación”, cuenta. “El otro gran temor, parecer poco profesionales, tampoco se cumplió. El sentimiento que nos expresaban nuestros clientes era muy distinto. Tenían envidia. Todos nuestros clientes nos decían: ‘Qué buena idea. Ojalá yo pudiera hacerlo”.

En esa época Sagmeister llevó su atención hacia lugares desconocidos. Empezó a escuchar relatos de épocas sabáticas e investigar qué suponían en la vida de una persona. “Es como cuando tu novia está embarazada y empiezas a ver mujeres en estado por todas partes”, explica. “Y quizá la historia que más me fascinó fue la de un chef español que trabajaba en un restaurante llamado elBulli. No lo conocía pero leí que su local abría solo seis meses al año. Los otros seis permanecía cerrado. Me pareció increíble y mucho más radical que mi versión de uno cada siete años. En mi caso, el periodo fuera del estudio supone el 12,5% de mi tiempo, pero en su caso, es el 50%. Un tiempo después conseguí reservar en elBulli y entonces vi con absoluta claridad que crear este tipo de comida solo era posible si tomabas el modelo de abrir un 50% y cerrar el otro 50%. Ese menú no se puede hacer si tienes que servir 80 filetes cada noche. Necesitas tiempo para descubrir otras disciplinas y hablar con otras personas. Con ingenieros, inventores… Y eso no lo puedes hacer si tienes que servir 100 platos en las siguientes dos horas”.

Si tienes mucho tiempo para pensar en la forma en la que haces algo, el resultado va a ser diferente

“Esa es la mayor ventaja de mis tiempos sabáticos o los de Adrià”, asegura el austriaco. “Y si él lo hace y el resto no, está claro que cocinará diferente al resto del mundo. Aunque esto no significa que todo el que tome seis meses para investigar cocinará al nivel de Ferran. Hay muchos otros ingredientes en su genialidad”.

Dice Sagmeister que volver, después de su primera etapa sabática, fue más fácil de lo esperado. Y, desde la perspectiva que ofrece la mirada desde 2014, considera que “todo lo que he hecho en esos momentos ha merecido la pena”. “Mi estudio sería otra cosa si no cerrara cada siete años”.

El estudio

Sagmeister fundó su estudio en 1993 con la intención de mezclar las dos cosas que más amaba: la música y el diseño. “Nos fue bien y en dos años ya estábamos trabajando para muchos grupos. Pero hacer el CD 26 no nos hizo tanta ilusión como el primero”, relata. “He leído mucho sobre psicología y periodos sabáticos. Hay un tipo de personas que perdemos interés cuando repetimos una actividad muchas veces y otras que se sienten más seguras en la repetición. Yo empecé a plantearme qué cosas nuevas podíamos hacer pero a los dos años la industria de la música colapsó. Aun así puede que estuviéramos haciendo carátulas de CD todavía pero tenía la necesidad de cambiar”.

El deseo de escapar un tiempo de su estudio de Nueva York nació de su “frustración por la modernidad”. Sagmeister retrocede hasta los años 20 y recuerda esa “idea de que todo lo podría hacer una máquina y todo podría ser objetivo”. Pero a él le gustaba justo lo contrario. “Mete tu alma en lo que haces, introduce tu subjetividad en el diseño que estás haciendo, elimina las máquinas todo lo que puedas y devuelve el lado humano a tu trabajo. No es una mirada nostálgica ni pido que se haga todo a mano, pero sí hay que devolver el enfoque humano de las cosas”.

Cuenta Sagmeister que muchos de los objetos, de las páginas webs e incluso de los edificios que nos rodean parecen haber sido diseñados por una máquina. Él no estaba conforme y se propuso “devolver un lenguaje humano al diseño gráfico”. Fue en sus épocas sabáticas cuando encontró el tiempo para pensar en ello. El austriaco apuntaba sus ideas en un diario y, al volver a su estudio, muchas de ellas se convirtieron en proyectos. Muchas de ellas pagadas incluso por sus clientes. “Después de esos tiempos sabáticos el estudio empezó a ir en esa dirección más humana y personal. Ahora sé que necesité ese tiempo fuera de la oficina para convertir mi estudio en lo que es hoy”.

Stefan Sagmeister

Tiempos sabáticos

En su primera parada no fue muy lejos. Ni en distancia (se quedó en Nueva York) ni en resultados (“Pensé que podía hacer algo sin tener un plan previo pero no fue así”). Sagmeister llenó su tiempo de tareas como enviar correos electrónicos a revistas japonesas o contestar mensajes. “Es más fácil enviar emails y hacer pequeñas actividades conocidas que pensar en realizar algo nuevo”, indica. “Reaccioné y escribí una lista de cosas que realmente quería llevar a cabo. Las más importantes, primero, y las menos, al final, y las organicé en un calendario como hacía en el colegio. Funcionó muy bien y empecé a hacer cosas útiles”.

En su segunda partida llegó más lejos. Fue a Asia. A Bali. Porque en EEUU y Europa no había mucho que descubrir. Los conocía bien. Y esta vez llevó un calendario lleno de planes. En una de las líneas de su lista escribió: “artesanía”. “Una de las razones por las que escogí Bali precisamente fue por su escena artesana. El pueblo donde me quedé estaba especializado en cortar madera y alrededor había muchos lugares especializados en otras actividades. Sabía que yendo allí podía conseguir mi propósito de hacer artesanía. Antes de irme de Nueva York quería comprar muebles para mi estudio. Los que me gustaban eran demasiado caro. Entonces pensé hacerlos yo mismo en Bali y volver con los prototipos y ver qué podría hacer con ellos. Y eso fue justamente lo que sucedió. Hice una serie de muebles en Bali. Aún utilizo algunos de ellos y otros son piezas únicas porque son muy caros de producir. Si resultasen más baratos, me hubiese interesado por la producción en masa, pero no estaban pensados para ser replicados”.

Sagmeister, de todos modos, no tenía ninguna intención de convertirse en diseñador de muebles. Lo que pretendía era investigar qué podía aprender de los objetos tridimensionales para luego aplicarlo a su trabajo, el diseño gráfico.

Financiación

Pero ¿cómo se paga todo esto? ¿quién financia las retiradas esporádicas? “Las finanzas, en nuestro caso, son muy simples”, explica Sagmeister. “Uno de mis principales objetivos desde que fundé el estudio fue mantener los costes lo más bajo posible. Tuvimos la suerte de estar bajo el paraguas de una agencia de Hong Kong y mi mentor me dijo que no gastase todo el dinero que ganaba para no tener que depender siempre de ellos. Le hice caso. Ahorré dinero y pude comprar un estudio en Nueva York. Nunca tuve que pagar un alquiler y pude mantener unos costes bajos. El animal que había que alimentar cada mes era muy pequeño”.

Y tampoco tuvo que pagar nóminas desde la distancia. “La primera vez que cerré el estudio tenía a dos personas trabajando para mí. Montaron su propio estudio y fue fantástico. Hoy aún somos muy buenos amigos. La segunda vez fue diferente. Uno de los diseñadores se fue al MIT y ahora está trabajando en el diseño de Google Glass”.

El resto del tiempo, cuando trabaja en Nueva York, la fórmula financiera es “similar al resto de estudios de diseño”, especifica. “Algunos trabajos tienen como finalidad ganar dinero y otros no. Muchos lo llaman el principio de Robin Hood. Ganas más con los clientes que tienen mucho dinero para poder trabajar para clientes que no pueden pagar esas cantidades. Pero, además, en nuestro caso, como mantenemos una estructura muy pequeña, artificialmente pequeña, siempre tenemos más ofertas de trabajo del que podemos realizar. Eso también nos permite elegir a nuestros clientes. Intentamos trabajar para compañías que hacen productos que nos gustan o que utilizamos. Eso hace que no tengas que mentir y que, automáticamente, te guste y te interese el producto para el que estás trabajando. Hace las cosas mucho más fáciles”.

Stefan Sagmeister

Felicidad

La felicidad desempeña un papel central en la filosofía de Sagmeister y ser feliz en el trabajo, en última instancia, consiste en esta premisa: “Todos queremos resultar útiles”, apunta. “El escritor Alain de Botton dice que encontramos nuestro trabajo útil cuando le gusta o ayuda a alguien, cuando miramos atrás y vimos que sirvió para algo. Dar una responsabilidad a tu trabajo contribuye a que tenga un sentido”.

La conversación queda flotando en un silencio que indica que se acerca el final. Pero justo antes de que alguien levante la sesión con una frase de despedida, Toni lanza una pregunta, intrigado:

–¿Qué es para ti elBulli? ¿Es un restaurante o es otra cosa? Estamos muy intrigados en saber la diferencia entre elBulli y un restaurante clásico. En este tiempo hemos aprendido que ellos son inventores de instrucciones gastronómicas más que ejecutores de platos.

–Recuerdo que justo después de comer en elBulli dijimos que si al resto los llamaban chefs, Ferran Adrià no era un chef. Hay una diferencia clarísima. He leído muchos artículos sobre el arte de cocinar y esas tonterías. Cocinar no es un arte. Es artesanía. Incluso cuando lo hacen los mejores chefs es artesanía. Sin embargo, lo que hace Adrià sí es arte. Nunca he visto a nadie que haga algo igual. Hay una diferencia abismal entre la importancia que otorga Ferran a investigar, innovar y expresar esta nueva forma de pensar y los demás. Y sus ideas, llevadas a un plato, funcionan. Después de Ferran, muchos cocineros, sobre todo en EEUU, intentaron hacer lo mismo. Pero ninguno lo consiguió. Intentaban reflejar en sus platos ideas distintas pero no sabían tan bien y, además, tenían un aspecto extraño. No funcionó. En el caso de Adrià las ideas son fantásticas y la comida es deliciosa.

Sagmeister piensa que “para crear algo increíble hay que tener cierto compromiso”. En su caso, dice, no es difícil financiar estos tiempos sabáticos porque su estudio es pequeño. Pero también hay grandes compañías que lo hacen. Los empleados de Google destinan el 20% de su jornada laboral a investigar un proyecto que les interese. “Es una decisión de dirección. He hablado con muchas personas de Google y me han dicho que hay que implementarla desde los niveles más bajos porque a muchos empleados les asusta tomar ese tiempo para sus cosas. Hay que probar la sensación de tener tiempo para sentarte en una butaca y pensar en una idea que de verdad quieras desarrollar. Pararse a pensar es mucho más difícil que sentarse en una reunión o enviar emails”.

Parece que la conversación ahora sí llegará a su fin. Pero justo antes de que todos se levanten, un cámara los retiene en sus asientos.

–Un momento. Tenemos que tomar unos planos más. Hablad de lo que queráis. No vamos a grabar sonido.

La curiosidad no tiene límites. Esta vez surge el asunto de la flexibilidad. “Es un tema complicado para mí”, asegura. “Hay que encontrar el balance adecuado. Por un lado, intento improvisar tanto como puedo pero, a la vez, cuando me propongo hacer algo, me concentro totalmente y no dejo espacio para nada más. En una compañía, si eres demasiado flexible, vas hacia aquí, hacia allá y puedes acabar perdido. Todas las investigaciones que he consultado y todo lo que he leído sobre psicología positiva asegura que el 40% de nuestro bienestar proviene de los planes improvisados y las actividades no repetitivas. Por ejemplo, estar en Pamplona hoy es una oportunidad para ser feliz por el mero hecho de que ayer no estaba aquí y tampoco estaré dentro de dos días”.

Sagmeister vuelve a explicarlo para enfatizar la importancia de la novedad y esta vez lleva su argumento a una escena gastronómica. “Sería como comer un plato con pequeñas porciones de distintos alimentos, como hacen los españoles, o comer un plato gigante de una sola cosa, como hacen los estadounidenses”, cuenta. “La variedad te hace más feliz”.

  • Sagmeister: “Trying To Look Good Limits My Life” .

    ¿Somos nosotros mismos y lo que queremos ser en nuestras vidas? ¿o somos lo que los demás o nuestros mercados y clientes y referentes quieren que seamos o parezcamos de guapos? ¿Donde está la frontera o pared límite ante ambas realidades que pueden repelerse?

    Interesantísimo saber que opinaría Ferran Adrià de esto, en su experiencia única de enfrentarse ante la imposibilidad de defraudar y bajar el listón de crear constantemente lo insuperable, lo único, lo irrepetible, lo nuevo. Si tantas cosas únicas creamos, esta variedad debe hacernos mas felices… pero…

    Entiendo muy bien que cerrara medio año, y los años sabáticos. No se puede aguantar tanta presión ante la hipótesis (miedo, se refiere Sagmeister) de defraudar. Creo que la respuesta correcta podría ser un balance entre ambas realidades, y creo que la realidad de aquello que somos y queremos ser en nuestras vidas es en buena parte fruto de una construcción social. Un balance de aquello que creemos como consecuencia de lo que nos perciben que creamos, para parecer “Good” y transcender. Sagmeister se refiere a ello.

    ¿Ponemos límites (y donde) en este balance, o ni siquiera somos conscientes de que existe esta dualidad y vivimos limitados sin ni siquiera percibirlo?

    Voy atando cabos sueltos hasta que ponga un límite y me diga ¡prou! 🙂