Jorge Martínez: “Lo importante es conseguir que las cosas ocurran”

Era un niño pequeño con una ambición muy grande. Quería ser arquitecto y, de paso, combatir los males del mundo. Pero la arquitectura parecía estar muy lejos… Quizá más lejos aún que vivir en arrabales como expatriado. A Jorge Martínez no le gustaba estudiar. Y eso, que podía haberse convertido en un rosario de castigos, acabó haciendo del adolescente una persona mucho más madura de lo que se podría esperar a su edad.

A los 14 años dejó su casa familiar para irse a estudiar a un lugar llamado Escuela de Artes y Oficios, donde podía encontrar enseñanzas que sonaban mucho mejor que la lengua y las matemáticas del instituto al que iban sus amigos.

“La mayoría era gente mucho mayor que yo, con una visión muy romántica y artesanal de los oficios artísticos, gente auténtica, con las ideas muy claras y un sentido humano y comprometido del arte y la cultura. Aquel lugar me produjo un gran impacto inicial, y a posteriori, dejó en mí una huella mas profunda de lo que hubiera pensado”, cuenta.

Me ha interesado más el diseño desde su capacidad para conmover y producir efectos emocionales

En aquella escuela picoteó un sin fin de disciplinas artísticas hasta que descubrió el diseño gráfico. Y le gustó. A los 23 años montó un estudio de diseño, llamado Germinal, en homenaje a la novela de Emil Zola. “Era un proyecto personal, fruto del entusiasmo y la inocencia de tres compañeros de clase que, 15 años después, siguen siendo mis socios”, relata. “En Murcia había una gran tradición de artes gráficas e imperaba un tipo de trabajo gráfico bien resuelto, estético, pero al que le faltaba fuerza y transgresión. A mí siempre me ha interesado más el diseño desde su capacidad para conmover y producir efectos emocionales. La estética, en un sentido superficial, no me interesa nada. Siempre he pensado que el diseño es, en realidad, una maravillosa herramienta para comunicar”.

Nacer en una orilla del sur mediterráneo no hacía las cosas más fáciles. Estar lejos de las ciudades donde están los grandes anunciantes te aparta de su punto de mira, según Jorge. “Podría haber sido un sueño roto o uno de los muchos proyectos que fracasan cada día”, indica, “pero no teníamos nada que perder y sí mucho que ganar. Planteamos un discurso gráfico y de comunicación que hacía falta en aquel contexto y tuvimos la suerte de llamar la atención muy rápidamente”. Después surgieron varios estudios en la ciudad (“creo que animados por la experiencia y el trabajo de Germinal”, apunta) y se creó una nueva escena de diseño. “Competíamos entre nosotros, nos obligaba a esforzarnos y eso nos hacía ser mejores. Creo que, juntos, hemos hecho que Murcia aparezca en el mapa creativo internacional por méritos propios”.

Pero el diseño, aunque le ha dado más de 20 premios Laus de Diseño y Comunicación Gráfica, no era todo. Le gustaban muchas cosas más. Muchas. Muchas más. La fotografía, el cine, las artes escénicas, los coloquios, los documentales… Y unió todo eso en un festival llamado Punto y Aparte, que se celebró durante ocho años en diversos espacios de Murcia, y que desde el compromiso social y una visión contemporánea de la cultura, abarcaba temas como la locura, los limbos jurídicos, la inmigración o la subversión.

Jorge era el director y, también, el resto de puestos en la organización del festival. No queda otra cuando lo organiza uno solo y los proyectos se convierten en un empeño personal. Era un proyecto que hacía por pura emoción. Un proyecto –dice– “casi terapéutico en el que vaciar toda esa energía e hiperactividad que buye en mi interior”.

Aprendí a conseguir
que las cosas ocurran

“Fue un gran máster”, continúa. “Establecí relación con un montón de gente fascinante, gente con mucho talento pero, sobre todo, gente comprometida, generosa y con una visión del mundo que estaba muy cerca de la mía. Los convencía para que vinieran, muchas veces gratis, a un pequeño festival en una ciudad pequeña que, a veces, ni conocían. Fue una experiencia brutal. Aprendí a conseguir que las cosas ocurran. Descubrí que tenía la capacidad de enamorar a la gente y que participaran en propuestas que eran muy personalistas, pero que tenían como objetivo trascender, denunciar, ayudar y generar debate. Y también vi que la mezcla de disciplinas y el trabajo en equipo son imprescindibles para que un proyecto pueda llegar a ser realmente innovador”.

Esa es la cara A de sus pasiones. Pero existe, además, una cara B. “Siempre me ha interesado mucho el compromiso social, encontrar respuestas a todas esas preguntas que nos hacemos… Implicarme en la solución de los conflictos y problemas”.

Sabía que no podía dejar pasar ese tren

Dice Jorge que aunque sacrificó muchas cosas para que saliera adelante Punto y Aparte, el esfuerzo mereció la pena. Lo recibido supera con creces lo entregado. ¿Por ejemplo? Conocer a Toni Segarra. En 2007 invitó a su festival a este publicitario que tanto admiraba para preguntarle, como parte de un debate, si el talento creativo de las agencias podía ayudar a transformar el mundo. El encuentro convirtió esta admiración en una colaboración estable que ha ido mutando, con el tiempo, en profunda amistad. “Toni me ofreció dirigir Milmilks*, el laboratorio creativo de la agencia SCPF, para proponer a las marcas proyectos de comunicación no convencionales, basados muchas veces en la colaboración con otras disciplinas. Era un momento complicado para mí, pero sabía que no podía dejar pasar ese tren, y que aquella decisión solo me podía traer cosas buenas. Toni fue muy generoso y me dejó simultanear aquella colaboración con mi estudio y el resto de proyectos que estaba haciendo en aquel momento”.

Ese fue su segundo máster sin acreditación académica después del Festival Punto y Aparte. Jorge aprendió el oficio de publicitario bajo la protección y el liderazgo de uno de los mejores creativos de este país. “Pasé de admirar a Toni y sus proyectos desde la distancia a trabajar con él (algo distinto a trabajar para alguien), compartir nuestras inquietudes y nuestra manera de entender la comunicación”.

Aunque Jorge piensa que estar en una ciudad pequeña puede suponer a veces una desventaja, es, a la vez, un reto. “Si decides trabajar y vivir en Murcia, una gran marca difícilmente te va a llamar para contratar tus servicios. Tienes que ir tú a buscarla, y para ello, tienes que desarrollar un carácter especial, decidido, valiente, proactivo, sin complejos de ningún tipo. Es mucho menos cómodo, más frágil y difícil pero, a cambio, te enseña a pelear por lo que quieres”.

Y llegó un día que volvió a cambiar su vida. Esta vez para siempre.

En una de las ediciones de su festival, Jorge produjo una exposición al fotoperiodista Juan Carlos Tomasi y, a continuación, programó un coloquio sobre las enfermedades olvidadas que mostraban aquellas imágenes y la labor que Médicos Sin Fronteras lleva a cabo en el terreno para luchar contra una situación que mata a 8.000 personas cada día. “Un drama evitable mediante un diagnóstico y tratamiento adecuados que no llega como debería”, indica. “A la industria farmacéutica no le interesa salvar vidas humanas. Le interesa el negocio que hay detrás de ese ‘milagro’, accesible únicamente para los que pueden costearlo”. El drama sacudió la cabeza de Jorge y no solo pensó que debía hacer algo, sino que, además, lo podía hacer.

El murciano imaginó unas pastillas que no curan el dolor del que las toma, sino el de las personas que no pueden comprarlas. Aplicó su teoría de la ciudad pequeña, subió a su coche y se fue a Barcelona. Presentó la idea a Médicos Sin Fronteras (MSF) y la organización médico-humanitaria vio enseguida el potencial de la idea. Jorge empleó sus técnicas para hacer que las cosas pasen y, después de dos años empujando el carro codo con codo con el equipo de la organización, la campaña empezó a rodar. MSF ha vendido 6.000.000 de cajas de Pastillas contra el dolor ajeno, y la acción ha pasado a la historia de la publicidad como una de las más efectivas, notorias e innovadoras.

Lo más importante no son las ideas

“Es curioso. Desde el primer momento supe que estaba ante una idea con un enorme potencial, por la que merecía la pena luchar hasta el final, pero no calibré hasta qué punto iba a suponer un antes y un después en mi vida”, relata. “Lo más importante no son las ideas. Es hacer que las cosas ocurran. Y yo tenía que lograr que ese proyecto se hiciera realidad, por orgullo personal y egoísmo profesional, pero sobre todo porque de ello podía depender la vida de muchas personas, que es lo que me enseñó MSF en todo el proceso”.

Dice Jorge que Pastillas contra el dolor ajeno “es un proyecto que tiene algo de autobiografía, como hacer algo a la medida de tus capacidades y actitudes”. Pero, además, fue el acontecimiento que despertó una vieja ambición infantil que hoy se traduce en este propósito: dedicar parte de su tiempo, durante el resto de su vida, a realizar proyectos de innovación social. Desde entonces ha colaborado con Oceana, Paz y Desarrollo, Fundación Vicente Ferrer, Save the Children y la Campaña del Milenio de la ONU.

Todos los días tengo la maravillosa sensación de que mi trabajo es importante

“…de estar ante retos maravillosos que tienen, además, la capacidad de cambiar las cosas, de ayudar a aquellos que más lo necesitan”

Jorge Martínez podría describirse a sí mismo con estas palabras: “energía, hiperactividad y curiosidad infinita”. Y esto se traduce en que hoy alterna varios proyectos sociales para organizaciones y marcas internacionales con la producción de piezas documentales como Minera (que cuenta el viaje de Rocío Márquez, una cantaora flamenca, al interior del pozo minero de Santa Cruz del Sil, en León, donde 8 mineros permanecieron encerrados 50 días en señal de protesta); la creación de Instagramers Gallery, la primera galería de fotografía Instagram con sede en Miami y Madrid; o la dirección, junto a Toni Segarra (su amigo y maestro) de TheTable.